Realizado por San Vicente Ferrer. Cuentan que un Domingo de Ramos, durante el sermón de la misa que oficiaba el Santo, éste observa que una mujer de religión judía no prestaba la debida atención e incluso hacía gestos de desaprobación. El Santo la mira y en ese momento la puerta de entrada del templo sobre la que estaba recostada, se desploma matando a la judía. Todos acuden a su socorro y el Santo alza por la mano a la difunta, que vuelve a la vida, y arrepentida se convierte a la religión cristiana.

En el "Bosquejo Histórico de la Ciudad de Ecija" del presbítero Don Manuel Varela y Escobar, se describe este milagro de la siguiente forma:

"Hay colgado un cuadro de lienzo sobre el arco de la nave lateral derecha de la iglesia de Santo Domingo, con el siguiente escrito explicando el asunto que representa:

Pasando por Andalucía el glorioso San Viente Pherrer, predicó en la iglesia de Santa María de Écija, domingo de Ramos de 1410, como se refiere de la Historia del Rey Don Juan II. Despreciando en su corazón una mujer la doctrina del Santo, lo conoció él con espíritu de profecía y pidió a Nuestro Señor que volviese por su causa; y luego cayó sobre la mujer la puerta de la iglesia, que no había hecho jamás vicio, y la cogió debajo y la mató; y el Santo avisó antes á los circunstantes para que se apartasen. Después de esto hizo oración por ella y resucitó con conocimiento de este milagro. Dejó constituída de su hacienda una solemne procesión y fiesta perpetua el domingo de Ramos, y ordenó que siempre predicase un Religioso de Santo Domingo.
Es firme tradición que el Santo predicó en el púlpito que hasta hoy se conserva en la misma iglesia y que se pintó por su orden el Juicio y el Infierno."


    Ocurrió en la madrugada del veinte de febrero de mil cuatrocientos treinta y seis en la persona del joven Antón de Arjona, al que, en una aparición, encomendó la tarea de advertir a las autoridades locales de los vicios y pecados que se cometían contra Dios Nuestro Señor, amenazando con una epidemia de peste si éstos no se corregían. Para que fuera creído en su encargo, le anudó los dedos de la mano derecha y le ordenó que se organizara una procesión con las jerarquías civiles y religiosas y todo el pueblo al convento de San Pablo y Santo Domingo, de la orden dominica y allí, después de la Santa Misa, a la vista de todos, pasó la mano por una cruz, desatándosele los dedos y quedando la mano sana.